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BRUSELAS III – Sinvergüenzas

Como era de esperar, tras la tediosa charla en el Parlamento de Bruselas, no hay nadie que se tenga en pie. A algunos les pesan los párpados, a otros las piernas, incluso hay una que se ha echado la siesta en medio de la charla. Cabrona afortunada. El hecho de levantarnos a las tres de la mañana para coger un vuelo a las cinco y pico tampoco ha sido de mucha ayuda. Se palpa la tensión en el ambiente. Muchos hemos salido enfadados y necesitamos limar asperezas. Diputados, funcionarios, sueldos ridículamente altos, viajes ridículamente innecesarios y burocracia ridículamente burocratizada y redundante. Pero no todo es malo en el país de las Eurocosas. La arquitectura, bien; la cerveza, mejor; la gente, increíblemente educada. Creo que hay posibilidades de revivir.

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Los militares pasean tranquilamente por el parque

Damos un paseo por la zona del Parlamento y nos damos cuenta de que no hay rincón que no esté cubierto a nivel de seguridad. Militares que sujetan ametralladoras intentan intimidarme tras sacarles una foto. Técnicamente no se puede, pero no se ven armas automáticas a medio metro de tu cara todos los días. Además, una foto entre ceja y ceja no es lo mismo que un balazo. Jugamos en desigualdad de condiciones. Noto como me sube la adrenalina. No hay nada como provocar un poco de mal rollo con gente armada para espabilarse. Damos un rodeo por uno de los parques que quedan cerca del hotel en el que estamos alojados y ponemos en común distintas opiniones que tenemos al respecto sobre la política europea. Como la mujer que nos ha dado la charla no ha mostrado interés alguno en dejar participar al asistente guapo de Santiago Fisas, hemos salido todos con las mismas dudas. Lo único que nos ha quedado claro es que el tío iba mucho al gimnasio, porque menudos músculos. Debería haberme metido en política. Todos creemos que los políticos deberían dejar de robar, pero es una premisa tan básica como que los periodistas dejen de mentir. No todos lo hacen, pero en este mundo pagan justos por pecadores y si eres lo suficientemente imbécil como para ser justo, no te vas a comer un rosco. La ley de la jungla. Pórtate mal y serás recompensado.

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Calle en la que se encuentra el Hotel du Congrès

En fin, basta de cuñadismo por ahora. Cuando llegamos al hotel nos cambiamos de ropa y bajamos a recepción para buscar un sitio en el que cenar. Como hemos venido con gastos cubiertos, nos estiramos al pedir una botella de vino para empezar a coger color. La mayoría bostezamos con fuerza mientras tratamos de mantener conversaciones coherentes sobre cine, arte y la alergia a la lactosa. Puede ser una jodienda si no lo llevas controlado. Pedimos pasta y comemos como cerdos, o por lo menos yo. Hay un hambre canina, el trastorno horario he provocado un cambio en nuestro metabolismo. Estamos cenando a las siete y media. Nos hemos vuelto europeos de verdad y los europeos de verdad cenan pronto. Sí, señor.

Damos las buenas noches al profesorado y nos dirigimos a la Grand Place para tomar una última cerveza antes de volver al hotel. El vuelo es a las ocho y cuarto y deberíamos portarnos como eurodiputados, pero con la caída del sol, parece que los militares se esfuman. Ya no veo ninguno cerca rondando y eso se nota en el ambiente: bares hasta los topes de gente, gente hasta los topes de alcohol y alcohol hasta los topes del gaznate. No creo que podamos marcharnos a dormir temprano. Entramos al Delirium Bar, en uno de los laterales de la plaza. El bar destaca por los distintos ambientes que se mezclan dentro. Como el local tiene dos plantas, pueden permitirse más de un tipo de borrachos.

En la planta principal, los borrachos se pasean tranquilos, al ritmo de música viejoven como Black Eyed Peas o Britney Spears. No han pasado suficientes años como para considerarlos clásicos, pero tampoco puede decirse que sean novedades. En estos momentos se encuentran en el limbo de la historia musical. Un ambiente totalmente estándar. La planta inferior ya es otra cosa: música en directo. Rock y punk a grito pelado. Algunos decidimos bajar, otros deciden quedarse arriba. Cada borracho en su sitio. Pedimos unas cervezas y me asombro del precio de la cerveza de la casa. 9’40 €. Joder, lo llego a saber y hago botellón antes de entrar. A la vieja usanza. Aunque la pinta los vale. Sabe a libertad, a gloria, a eurovida, a ausencia de resaca. A todo en uno.

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Concierto en directo de grupos noveles

El concierto empieza a caldearse pero los belgas demuestran ser sosos a más no poder. Jimi Hendrix a manos de una guitarrista hiperactiva y nadie baila, solo beben y aplauden como burgueses al terminar cada canción. Como si estuvieran en el Liceu. Cabrones estirados, aquí el menda os va a enseñar a mover el cuerpo. Me acerco al escenario dando tumbos y empiezo a mover el culo en un espasmo constante de superioridad moral. Si no fuera por las pintas que me he tomado diría que me estoy comportando como el perfecto gilipollas. Suerte que las pintas nublan por completo mi brújula conductual. Tras un buen rato haciendo el ridículo algunos se suman a mi baile espasmódico creando una especie de asociación de epilepsia voluntaria. Los músicos se están divirtiendo. No están acostumbrados a tanto meneo de posaderas. Somos la secta estudiantil de las caderas locas y vamos a echar este bar abajo. A la sexta pinta, ya estamos todos destruidos. Quedamos unas diez personas en el bar y ya no quieren servirnos.

Son las cinco de la mañana y en tres horas tenemos que estar en el aeropuerto. La euroborrachera nos va a pasar factura, menos mal que el viaje nos ha salido gratis. No hay nada como viajar de gorra, y más si se trata de hacer periodismo político de calidad. Eurocalidad.

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