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LA RUTA CANALLA DEL PUERTO DE BARCELONA

Contrabandistas, pistoleros, espías, oficiales corruptos y la flor y nata del hampa de la ciudad condal. Podría formar parte del álbum Tintin en Barcelona, pero es la ruta temática que los estudiantes del Master en Periodismo de Viajes pudimos disfrutar de la mano del guía y profesor David Revelles, actividad previa a la elaboración de nuestra propia ruta temática.

Desde el Teatro Apolo en el Paralelo hasta el Hotel Cuatro Naciones en la Rambla, pasando por el puerto y la parte baja del Raval (ese “barrio chino” donde nunca vivió un chino), David Revelles nos llevó por los escenarios donde se cocía a fuego vivo una vida de placeres, bohemia y fortunas fugaces (provenientes del contrabando o del juego en los casinos) que se dilapidaban igual de rápidamente en prostitutas, champán y drogas que, como decía la madre de Maradona, los catalanes tomaban sin taparse.

El Paralelo era el meollo de la ciudad en aquellos tiempos. Eran los años de la Gran Guerra (esa que debía acabar con todas las guerras, ¡ay si ellos supieran!) y los que la siguieron: las fortunas hechas con la venta de material bélico a las naciones que se desangraban por un quítame allá estos territorios y algún que otro príncipe asesinado, los espías y agentes dobles que miraban por encima del hombro a los que practicaban la versión live action del juego de hundir la flota, los nuevos ricos y contrabandistas que pegaban el pelotazo del momento con armas, comida y ropa. Años de pistolerismo, en los que uno podía salir a comprar tabaco y si no volvía la parienta sabía que no era una excusa: como le ocurrió a Salvador Seguí, “el noi del sucre”, que según él se hacía llamar así porque “de tan dulce como soy atraigo a las moscas” (más bien avispones, esos pistoleros que le cosieron a balazos); y de huelgas que ríete tú de Vueling en verano, como la de la fábrica La Canadiense, que consiguió la jornada laboral de 8 horas por primera vez en Europa y que ahora es recordada por una discreta placa en la placita del Paralelo donde solía estar aquella gran industria eléctrica.

Mientras la lluvia nos caía encima dulcemente, como canta el padre de Shin-chan cuando va borracho, recorrimos las murallas hasta el puerto. Ahí los contrabandistas podían hacerse ricos en dos o tres cargamentos, si por el camino no les hundían. Volviendo a manos llenas, dilapidaban el dinero en ostentosas invitaciones a champán, en los burdeles o en droga, que en aquellos tiempos era de lo más normal y se podía comprar en las farmacias como quien compraba medicinas. Eso si, al pasar por el barrio chino, no se lo chinaban (argot para “robar”, de ahí el nombre).

La ruta terminaba en el Hotel Cuatro Naciones, o lo que quedaba de él (uno de los edificios que lo componían transformado en tienda de accesorios, donde un unicornio sonreía bajo el techo acristalado), en la parte baja de la Rambla. En la primera planta queda aún el salón adornado con recortes de periódico y fotografías que dan fe de su ilustre historia, con personajes como Buffalo Bill y un séquito de nativos americanos que trajo con él. Allí se cerró la ruta, con algún giro argumental que ríete tú de Juego de Tronos. ¿Cuál? Ah amigos… Cartelera Nómada es spoiler free.

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