Menu

Movidas nocturnas

En una ciudad en la que los alojamientos turísticos han ganado terreno, los pisos de estudiantes son un bien escaso. En ellos habitan criaturas de lo más esperpénticas, que a la caída del sol salen a dar un paseo. Sus paseos se alejan del bucolismo e irradian una extraña luz, que proyecta varias sombras de decadencia moral. Las drogas y la perversión se hacen con algunas de las zonas fiesteras más concurridas.
Hace unos días decidí formar parte del problema.

Tardo unos cuarenta minutos entre ubicarme y llegar al búnker en el que están metidos. Paro antes en un veinticuatro horas para comprar algunas cervezas. No es bueno llegar a los sitios con las manos vacías. El hecho de parar a por un pack de seis debería ser asignatura obligatoria en todos los colegios. Tanto en primaria como en secundaria. Con lo que jode que alguien llegue a tu casa y se pimple las birras que te guardabas para el fin de semana. Aunque hay cosas peores. Hay invitados que están rompiendo la sopera de cerámica que algún día una abuela regaló a unos padres el día de su boda, y que desde ese momento representa el centro de unión familiar, dispuesto estratégicamente al límite de la mesa del comedor para que no quede excesivamente kitsch. Un codazo a destiempo y a tomar por culo la unidad familiar.

Y aún no he visto las condiciones del resto de la casa. Los cabrones van rompiendo objetos de un valor emocional como si no importara nada. Vamos, un puto descontrol. A estos habría que lapidarlos, directamente, con los trozos de cerámica que han quedado esparcidos por el suelo. Y si cortan, mejor. En fin, que hay gente para todo.

La escena no me sorprende para nada. La típica fiesta clandestina improvisada. Unas veinte personas metidas en un zulo de unos treinta metros cuadrados, ahí, apretados como pingüinos. Dándose calor. Todos sudados y sin camiseta, fumando y bebiendo como si no hubiera un mañana. Jóvenes alcoholizados y ruidosos que no respetan las normas que la comunidad exige.  Sacan la cabeza por el balcón y escupen sobre taxis y señores que llevan sombrero. No sé que tendrán con los sombreros, pero ahí van, babas espesas que salen disparadas como proyectiles, directas a sus cráneos. Tiran vasos, colillas, traen barro en los zapatos y las manos mugrientas. A la mínima que te descuidas ya te han reventado todo el apartamento.

No me extraña que los propietarios hayan optado por pasarse a los alquileres vacacionales gestionados por Airbnb u otras compañías por el estilo. El mismo destrozo puede salirte a unos cuarenta o cincuenta pavos la noche tirando por lo corto. Si lo multiplicas por todo el año te queda un pastizal. A este tipo de propietarios poseedores de un título cum laude en gestiones de PCA (Propietarios Capitalistas y Amos del Universo) no parece preocuparles la burbuja inmobiliaria. El precio de los alquileres en Barcelona nunca ha sido barato, pero estos últimos cinco años ha subido como la espuma. Han subido tanto como los ceros en sus cuentas corrientes. Luego, en televisión y en periódicos, se habla de crisis y de una sobremasificación en los terrenos ocupables, que lleva a una subida del precio de renta, por lo que los pisos van terriblemente codiciados. Paparruchas… Milongas… Veremos lo que dura el PEUAT tras las elecciones de este año.

EL TRANSPORTE

Tras un aviso previo de la policía local por ruidos, decidimos salir del búnker y coger un bus hacia Apolo. El trayecto se convierte en todo un espectáculo de variedades para los más sobrios. Uno de los chicos que va en el grupo se agarra de los pasamanos y se pone a hacer dominadas con la camiseta atada al cuello mientras otros dos más lo pican: «Vaya puto tirillas estás hecho», dicen. «Cállate, puto tarado, estoy fuerte que flipas”; palabras que van de vuelta.

A mi izquierda, una señora que no para de resoplar. Debe de pensar que los jóvenes de hoy en día solo servimos para hacer el imbécil. ¡Así es, señora! La juventud de hoy en día somos un atajo de sinvergüenzas sin escrúpulos. A nadie, excepto a los más sobrios, le importa el momento de tranquilidad al que aspira a gozar una señora a las dos de la madrugada en su trayecto a casa. El conductor, en esa tesitura, frena y acelera en breves intervalos de brusquedad. De frustración. Este tipo de cosas me entristecen.

Intentamos poner freno a las fanfarronadas viriles pero ya no hay vuelta atrás, el autobús está al límite del colapso. Y mi cabeza también. Los inquisidores del momento “estoy fuerte que flipas”han empezado a cantar el himno del Barça a pleno pulmón. La señora que está sentada a mi lado, a punto de llorar. A lo mejor es del Madrid. No he querido preguntárselo. A los cuatro que entonan la sinfonía se les suman otros diez y a esos diez, el resto del autobús. El ruido se acumula por momentos.

Cuando llegamos a nuestra parada liamos un porro cada uno para relajar el ambiente. Esta gente no está por tonterías y es más que evidente que, ahora más que nunca, necesitamos tomarnos un minuto. Consigo pasar los dos controles de seguridad con los ojos bizcos y sin decir palabra, pero al tercero me dicen que sin entrada no puedo pasar. Las putas anticipadas. Mis amigos entran y yo me quedo fuera. Todo el plan al garete. Pero bueno, algo más habrá. Siempre hay algo más.

La particularidad que tiene la Sala Apolo es que queda justo en frente de un porno show. El atractivo turístico que representa esa zona a altas horas de la noche es más bien variopinto. Se mezclan los juerguistas con los pervertidos, algunos turistas, otros locales (en ambos campos sociales), formando una extraña coalición de desenfreno y exaltación a ambos lados de la calle.

Ahí entra en juego un curioso personaje que en la calle se conoce como El birras-a-un-euro.  Un hombre moreno, con poco pelo en la coronilla, sudado, con tripa de embarazado y que a duras penas habla el español; un carrito y una neverita de campin repleta de cervezas frías a sus pies. Las ofrece a grito pelado como si vendiera pescado en medio de la Boquería. Buenas, bonitas y baratas. No me percato de su presencia hasta pasados unos cuarenta minutos. Me había metido en un pequeño callejón en la calle paralela al porno show, dónde encontré un bar heavy. El problema es que tenían el datafono estropeado y solo aceptaban cobros en metálico, de modo que tuve que regresar hasta llegar al cajero automático más próximo que, efectivamente, se encuentra en frente del porno show

Estoy sacando veinte euros cuando se me acerca un tipo rapado,  rudo, hablándome en árabe. Le comento que yo árabe no hablo, pero que en inglés no habrá problema. Tras pensar un rato empieza a balbucear que no le han dejado entrar en Apolo, que iba demasiado cocido y que necesita encontrar un plan pronto. Por motivos que explicaré a continuación prefiero mantenerlo en el anonimato.

TRAPICHEOS

Le explico que hay un bar cerca de allí, el heavy. Accede sin rechistar a mi propuesta pero antes tiene que pillar unos gramos de coca. Se acerca al hombre que vende cervezas y le dice algo en árabe. El hombre llama a un chaval más joven para que se acerque. El chaval coge rápidamente el cigarrillo que cuelga de sus labios y lo arroja con fuerza contra el pavimento mientras grita algo que no entiendo. El hombre señala la nevera con aspavientos (que tampoco entiendo) y este le hace el relevo. Acompaño al tipo rapado y rudo en su persecución del birras-a-un-euro. Nos dice que esperemos. Mientras hablamos sobre nuestros orígenes me fijo en la ruta que traza el tipo. Se ha agachado y está levantando una tapa de alcantarilla. La aparta hacia un lado y mete la mano en el oscuro agujero. Tras palpar el interior unos segundos saca un pedazo de plástico envuelto en cinta aislante. 

Extrae una navajita y corta la parte superior de dicho envoltorio. De ahí dentro emerge un chivato de unos dos o tres gramos, así a ojo. El hombre pretende cobrarle cien, pero el tipo rapado lo rebaja hasta los sesenta euros tras meterse un tiro rápido. Como hablan en árabe no puedo reproducir sus palabras exactas. Ponemos rumbo de nuevo al bar heavy, no sin antes negarle al tipo rudo la tentativa de entrar en el porno show, pues no me apetece demasiado hablar de según qué cosas rodeados de culos sudorosos y empalmes desvergonzados. Uno tiene que ser profesional y no caer ciertas trampas conductuales.

Entramos al bar y pedimos unas pintas. Justo en la entrada hay un cartel que pone: PROHIBIDO EL CONSUMO DE DROGAS EN ESTE ESTABLECIMIENTO. SI TE DROGAS, HÁZLO EN CASA. Le señalo el cartel al tipo rudo pero no parece que eso le impida meterse en el baño para meterse algunas rayas. Un cartel no es un segurata de dos por dos. Decido no entrar con él, por lo de las trampas conductuales. En cuanto aparece va tan puesto que se le ha olvidado limpiarse las migas de la nariz, de modo que le tiendo un pañuelo para que se suene. No tarda ni cinco minutos en proponerme que liemos un porro. No sabe liar. Me cuenta que había venido con su hermano por su despedida de soltero pero que no lo han dejado entrar.

En Arabia Saudita, juguetear con tales sustancias no es tan fácil. Según sigue contando, gran parte de las condenas por posesión acaban en cárcel permanente, y en algunos casos hasta en pena capital. El había venido a drogarse y a hacer gamberro para volver a la cotidianidad en un par de días, a su trabajo como transportista, en el que se gana muy bien la vida, y con su futura mujer, sobre la que no quiere contarme mucho.

Siguen llegando cervezas a la mesa y él sigue pagando. Se niega a que le invite a algo. Pasadas un par de horas decide salir a fumar y desaparece. El bar está a punto de cerrar y yo me he quedado tirado en medio de esta jungla cosmopolita, en la que las ventanas de los edificios reflejan la depravación y decadencia de una juventud efervescente que no tiene nada claro. ¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Las dos a la vez? Lo único que está claro es que aquí han venido a evadirse. Demasiadas preocupaciones, demasiadas obligaciones, muy pocas opciones salvo beber y esnifar talco hasta que alguna arteria reviente. O por lo menos eso nos hacen creer.

El infierno espera.

Etiquetas: , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *